Insomnio:
las terribles noches en vela
El hombre duerme hoy en día menos
horas de lo que hacían sus antepasados. El estilo de
vida de los nuevos tiempos casi obliga a ello. Pero cuando
se traspasan los límite nos tropezamos con uno de los
problemas más comunes y extendidos en las sociedades
actuales: el insomnio. Y con su aparición se desvanece
el maravilloso mundo de los sueños... De
las enfermedades del sueño, el insomnio es sin duda
la más común. El 25% de la población
aproximadamente sufre en algún momento de su vida
alteraciones relacionadas con el insomnio. Éste se
define como un sueño que no produce la adecuada recuperación
energética que necesita el organismo para continuar
con las actividades cotidianas del día. Por lo tanto,
no interesa tanto la cantidad de horas que se duerme como
la calidad de las mismas.
Pero, ¿por qué se produce? El origen del insomnio
puede deberse a diferentes razones, aunque el estrés,
sobre todo si es agudo, parece confirmarse como una de sus
principales causas. Los desórdenes emocionales –como
la depresión–, el consumo de estimulantes que
afectan al estado de ánimo –como el alcohol,
la cafeína, la nicotina, las sustancias estupefacientes
o incluso algún medicamento–, los trastornos
en el ritmo respiratorio, el dolor ocasionado por alguna
enfermedad orgánica o un cambio horario pueden ser
también causa habitual de insomnio.
Esta alteración del sueño puede presentarse
de muy diversas maneras: desde la dificultad para conciliar
el sueño, hasta el despertar temprano por las mañanas,
pasando por el sueño interrumpido a lo largo de la
noche o la sensación subjetiva de tener un sueño
no reparador. Este último punto es realmente importante
puesto que, como ya indicábamos con anterioridad,
lo importante no es tanto el número de horas que
se duermen como la calidad de las mismas. Así, los
niños o jóvenes, las personas que realizan
esfuerzo físico o psíquico mayor necesitan
dormir más horas, mientras que las personas de edad
avanzada duermen menos horas. Por término medio y
según los expertos, la mayoría de los adultos
necesitan una media de ocho horas de sueño continuado.
En todo caso, es la propia experiencia personal el mejor
baremo para medir las necesidades de cada uno.
Cuando aparece el problema
El insomnio puede ser clasificado como transitorio, si dura
menos de tres semanas, y generalmente es debido a alguna
causa específica también transitoria fácil
de determinar; intermitente si el problema para dormir aparece
solo una noche de vez en cuando, y crónico si diariamente
se duerme mal durante más de dos meses. Resulta sencillo
detectar la presencia de un problema para dormir; lo que
es más complicado es determinar si existe o no alguna
causa y que tipo de problema se padece. Para ello el médico
recogerá todos los datos posibles a través
de una historia clínica y una historia del sueño:
tipo de inicio, duración, progresión, síntomas
durante el día, factores que empeoran o mejoran el
insomnio, antecedentes médicos, psiquiátricos
y medicaciones, etc. Será siempre necesario antes
de tratar un insomnio determinar que no existe otra enfermedad
orgánica o psiquiátrica que lo provoque.
Es posible realizar una exploración física
del sueño a través de una polisomnografía.
Se trata de una técnica neurofisiológica que
permite observar el sueño del individuo a través
del control de diversos parámetros biológicos:
el movimiento de los ojos, el tono muscular, la actividad
eléctrica del cerebro y del corazón, la respiración
y el movimiento de las piernas. Esta prueba aporta información
acerca del tiempo total de sueño, eficiencia del
sueño, número de despertares, movimientos
musculares durante el sueño, tiempo de cada fase
del sueño, presencia de apneas del sueño,
o frecuencia cardiaca, entre otras. Esta técnica
no está indicada para todos los insomnios. También
se debe valorar la presencia de problemas respiratorios
(apneas), movimientos periódicos de las piernas (mioclonías),
narcolepsia, somnolencia excesiva diurna, o la existencia
de crisis epilépticas nocturnas.
El insomnio transitorio se soluciona normalmente cuando
desaparece la causa coyuntural que lo ocasiona. Así,
si se debe a un viaje largo con cambio de zona horaria o
a un problema de carácter puntual que le preocupa,
el insomnio suele desaparecer sin más cuando el organismo
se adapta al nuevo escenario horario (en el caso del cambio
de zona horaria) o cuando el problema que le preocupaba
se solventa. En este caso, no es necesario ningún
tipo de tratamiento específico, aunque, en ocasiones,
el insomnio transitorio puede ocasionar dificultades en
el rendimiento diario, por lo que el médico puede
aconsejar la ingestión de algún medicamento
inductor del sueño, de acción corta.
En caso de insomnio crónico, primero habrá
que detectar problemas médicos o psicológicos
que puedan estar influyendo. En estos casos, basta con tratar
la enfermedad detectada para solventar el problema. Se deberá
también identificar comportamientos que pueden empeorar
el insomnio y tratar de reducirlos o evitarlos, así
como promover conductas higiénicas favorecedoras
del sueño.
En el caso de que el insomnio se prolongue en el tiempo,
con las consiguientes repercusiones en la vida diaria, puede
indicarse el uso de medicamentos hipnóticos. Se busca
con estos fármacos inducir el sueño poco después
de ser ingeridos, con efectos que se prolonguen lo suficiente
para mantener un sueño nocturno de calidad y evitar
efectos secundarios al día siguiente.
Existen hipnóticos de vida media corta, media o larga.
En general se recomiendan las de vida media corta para aquellas
personas que tienen dificultades para conciliar el sueño
y las de vida media larga para las que presentan despertares
frecuentes precoces.
En cualquier caso, lo primero que seguramente indicará
el médico al paciente son medidas para restablecer
la higiene del sueño.
Por ello, conviene retomar anticipadamente algunos hábitos
muy recomendables para recuperar el buen descanso. Así,
conviene:
• Dormir únicamente lo necesario para un despertar
descansado.
• Establecer horarios para dormir y seguirlos de manera
estricta (incluidos los días de descanso).
• Realizar ejercicio físico durante el día,
evitando las últimas horas de la jornada (el ejercicio
siempre, de tres a seis horas antes de acostarse).
• Utilizar la cama únicamente para dormir;
especialmente se recomienda a aquellas personas que se acuestan
frecuentemente para ver la televisión, leer, o escuchar
la radio, por poner algunos ejemplos.
• No acostarse a dormir hasta que se tenga auténtica
necesidad de hacerlo.
• Controlar que los sonidos externos a la habitación,
la suficiente penumbra y la temperatura (recomendada entre
18 y 22 grados) de la habitación sean las adecuadas
para conciliar el sueño.
• Intentar controlar las actividades más estresantes
con pequeñas interrupciones de relajación.
• No acostarse después de haber comido ni bebido
en exceso, como tampoco con hambre o sed.
• Evitar consumir café, té, bebidas
colas, alcohol y no fumar antes de acostarse.
• Evitar hacer siestas mayores de 20 minutos.
• Fundamental resulta también no angustiarse
si no se puede dormir. En este caso, conviene levantarse
y hacer algo relajante y volver a acostarse cuando se note
algo de somnolencia.
Es importante no coger fobia a la cama.
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